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Maternidad sin territorio.-


Algunas mujeres piensan que no sé nada de maternidad porque no parí, me dice María.


“Llegó a consultarme en un momento difícil de su vida y seguí acompañándola, en espacios individuales y grupales, durante años. .


La recuerdo inclinándose apenas hacia adelante cada vez que alguien hablaba de dolor, como si su cuerpo entero escuchara.



Todo lo vivo pareció acercarse a ella buscando algo parecido a una madre. Perros abandonados, amigas en crisis, amantes rotos, plantas medio secas, niños ajenos que se le dormían encima apenas ella los alzaba. También mujeres que llegaban a verla sin saber muy bien qué necesitaban y salían más descansadas.


A María le cuesta entender esa división tan nítida entre “los propios” y “los demás”. Ve a muchas madres defender con fiereza a sus hijos mientras permanecen indiferentes ante el dolor de otros niños. No las juzga; simplemente siente que en ella ese límite no existe. Algo en su cuerpo responde al desamparo, venga de donde venga.


Con los años, empezó a pensar que algunas mujeres nacen con una maternidad sin territorio. Una forma de amor que no se organiza alrededor de la sangre ni de la pertenencia. Un amor que circula. Que se derrama.


Entonces la idea de familia también cambia. Ya no es solamente una casa, una pareja, unos hijos. A veces la familia es la ronda de mujeres que se acompaña durante años. O el vecino anciano que espera una conversación. O los animales que aparecen siempre en la misma puerta. O quienes llegan heridos y encuentran un poco de calor antes de seguir camino.


En ciertos pueblos antiguos —piensa María— los hijos eran de la comunidad. Tal vez no porque faltara amor, sino porque el amor era demasiado grande para quedar encerrado en una sola casa.”


 
 
 

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