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Diario del Monte. La espera

Actualizado: 14 sept 2025


Amanezco al alba. Me quedo un rato en la cama sintiendo la energía de la mañana alzarse y circular por el cuerpo. 


Cuando finalmente me levanto, Tita se pone de pie de un salto. Abro la puerta y ahí nomás están la luna y Júpiter augurando un buen día. 


Pienso en las personas que llegarán en breve a Casalinda. Hay algo en este momento previo al retiro que me hace estar atenta, como si también yo viajara. 


Me paro frente a las sierras y espero hasta que mis manos comienzan a moverse solas. 

El monte permanece en penumbra.


Desde el norte llegan nubes que se tiñen de rosa a medida que avanzan hacia el este. Mis dedos se estiran casi tocándolas y luego se ahuecan para captar la energía del sol naciente. 


Siento la humedad atravesar mi cuerpo. En primavera, esa humedad es una bendición: humecta tejidos, labios, frente, cuello, vientre, rodillas. 


Al alba entro en unión con el Cielo y la Tierra sin proponérmelo.


 Las personas del retiro viajan desde distintos puntos. Algunas estarán mañana en la ruta, otras preparan sus bolsos.  Llega algún mensaje que confirma horarios. 


Todo está en movimiento.

La casa también en estado de atención. 


Baja el frío húmedo; entro a tomar unos mates.  Corto las primeras hojas del burrito de la huerta.  Preparo yerba, yuyos, cáscara de naranja amarga, canela. 

 

Mariana me dice cómo voy a ponerle canela al mate!  Para mí es natural, vengo del desierto, le contesto. 


Comienzo a preparar la casa, mate en mano.

El sonido de los loros sube de tono hasta que ya no se escucha nada más.


Viven en la acacia negra desde hace un tiempo y, cuando me tiro en la reposera, pasan volando sobre mi cabeza, al ras, a toda velocidad.


 Mi vecina Rory los persigue con su escopeta porque le comen las flores del jardín.


 Yo no hago nada, pero debo admitir que por momentos me encantaría tener la escopeta. 


Camino por los cuartos, abro las cortinas, entran los primeros rayos de sol.

 Tiendo las mantas de lana, sacudo los almohadones, pongo un incienso de palo santo. 


Paso por la cocina, ordeno las especias: adelante, las que más uso: comino en grano, cúrcuma, baharat, pimentón dulce, nuez moscada.


La pimienta y el curry van atrás, por si alguien las pide. Yo no las uso.


Pongo las harinas de yamani, almendra y coco en una alacena especial. Ordeno los cereales y legumbres en frascos transparentes, listos para el retiro del fin de semana. 


Sobre la mesa redonda de pinotea, que llevo de casa en casa desde hace 35 años, hay hierbas medicinales que juntó Normita para secar. No les debe dar el sol. Al lado, bolsas de papel reciclado para guardarlas. 


 En la biblioteca dejo hojas y lapiceras.

 Cada objeto toma su lugar sin apuro.

El monte y la casa, en movimiento y quietud. 


Las nubes grises siguen llegando desde el norte. Caerá la lluvia, en minutos o en horas.

La espero. 


El hexagrama Nro 5 del I Ching habla de un cielo lleno de nubes que todavía no descargan. No queda otra que esperar la lluvia.


 A menudo, esperar me pone ansiosa, como si ese tiempo fuese un error o una pérdida.


 Muchas veces esperé sintiendo que debía accionar para que las cosas sucedieran ya. 


Un día, hace 25 años, cuando comenzaba mi práctica, leí en el hexagrama Nro 5 del libro de las mutaciones, La espera, que no se puede apurar la caída de la lluvia; por lo tanto, no queda otra que esperar en calma, comiendo y bebiendo, alegre y de buen humor, hasta que llegue solita.

Algo mágico sucedió entonces. 


La espera se volvió mi respiración interior: llenar jarras con agua fresca, apilar las colchonetas, encender velas, preparar el guiso para la bienvenida, regar huerta,  cosmos,  pensamientos. Mirar hacia el camino y sentir los pasos que vendrán.



 
 
 

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